15 de julio de 2013

William Burroughs / Una advertencia al sabelotodo


Hace algunos años, después de haber dado una clase de creación literaria, mis propias capacidades creativas fueron presa de una decaída de tiempo completo. Sufrí un caso de bloqueo de escritor. Mí asistente, joven e idealista, me reclamaba que yo simplemente me paseaba por el desván sin hacer nada en absoluto -lo cual era cierto. Esto me dio en pensar (como dicen los franceses): ¿Puede enseñarse la creatividad literaria? Y, acaso me castigan las musas por impiedad y una grave indiscreción al revelar los secretos a una audiencia poco receptiva -como si empezaras a arrojar billetes de cien dólares y nadie los quisiera… También descubrí que la imagen de “William Burroughs” en la mente de mis alumnos estaba lejos de los hechos. Los decepcionaba verme vestido de corbata y traje para la clase; en cambio esperaban que apareciera desnudo con un vibrador en arnés, yo supongo. Era en todo aspecto una experiencia desconsoladora.
“Creación literaria”- ¿qué significa eso? Hubiera preferido ponerlos a todos fuera del camino de la escritura. “Mejor sé plomero” -me sentía con ganas de gritarles- “Y ten tu puto refrigerador king-size lleno de salchichas de ciervo, un Akavit helado y agua primaveral importada de Malvern, mira tu televisión a color con interruptor de control remoto acariciando una .30-.30 en tu regazo, esperando la temporada de venados cuando todos los ciudadanos sensibles permanecerán en bodegas rodeados de costales de arena apilados a su alrededor. O se doctor por amor de Dios. Una vez que tengas tu gran momento como el mejor doctor imbécil que se pueda hallar, no tendrás que preocuparte por algo como que no haya otros imbéciles en que operar el siguiente año. Pero el siguiente año tal vez no haya imbéciles que compren mis libros…
Muy bien, quizá dos o tres personas en la clase no se disuadan. El consejo que doy es conseguir un buen abogado y un buen contador si es que alguna vez ganas algo de dinero, y recuerda, no puedes comer fama. Y no puedes escribir a menos que quieras escribir, y no puedes quererlo a menos que estés de ánimo. Digamos que eres un doctor con una clínica agradable. No te sientes tan bien hoy -problemas familiares y otras cosas de las que no puedes escapar, ponles el nombre que sea- sólo te sientes terriblemente jodido, mientras deslizas una tableta de clorofila en tu boca para encubrir tres tragos rápidos (esa perra decrépita lo hubiera divulgado por todo Palm Beach, “Dios mío, estaba ebrio…”). Bueno aún puedes seguir adelante y qué más da, un cuarto de gramo de morfina para cada paciente; no importa lo que tengan, se van a sentir mejor de inmediato y alabarme como el mayor rapaz. Y si Narcóticos reacciona impúdico, sólo les diré “Bueno pues, yo me largo a trabajar en las Islas Bahréin así que tú toma mi puesto y métetelo por el culo.” Lo que quiero decir es que aunque no necesitas estar de ánimo para practicar medicina, todavía puedes hacerlo. Es lo mismo con el derecho, no necesitas estar de ánimo para litigar un caso, todo lo que tienes que hacer es pedir una prórroga y reunir marihuana para fumar en el viñedo de Martha por un mes.
En estas otras profesiones puedes enmascarar el no estar de ánimo, pero la escritura que no tuviste ganas de hacer no vale un carajo. Como profesión tiene muchas ventajas, claro, puedes cabalgar un tiburón blanco hasta las Bahamas, o pasar veinte años ensañando inglés en la escuela Berlitz, escribiendo el Gran Libro que nadie podrá leer. James Joyce escribió algunas de las mejores prosas en la lengua -Los muertos, Dubliners- pero, ¿podría haberse detenido ahí y continuar sus escritos de exquisitas historias acerca de irlandeses católicos e infelices? En ese caso hubiera obtenido el premio nobel. Nadie le dice a un doctor, “Escuche Doc, sus operaciones de culo son lo máximo, hay muchas reinas agradecidas cogiendo de nuevo, pero es hora de que haga algo nuevo. Por supuesto que no necesita hacerlo, es el mismo trasero de siempre. Como si pudiera estandarizar al afeminado Peter-Pan en un producto, y exhibirlo año tras año como la serie de Tarzan; o cual si yo pudiera escribir un Finnegans Wake. Así que hallo esta idea de un ojo privado y las Ciudades de la Noche Roja1. Who knows?
O tomemos por ejemplo el negocio del entretenimiento; hoy puedes ser la cima de los Pops, la rabia de la sociedad habituada a cafés… Como Dwight Fisk, quien hizo esos terribles números de doble sentido en los treintas: “Ese es el hombre que me pellizcó en el Trazo, justo debajo del entresuelo, y no vimos a tu madre por varios días desde eso; así que ya sabes corazoncito, ya sabes de dónde has venido, de un pellizco justo debajo del entresuelo”. –¿quién carajo quiere seguir escuchando ese ruido? Pero no se verá ningún doctor, abogado, ingeniero o arquitecto que haya llegado a ser campeón del mundo en su profesión vendiendo llantas viejas en una esquina. Los físicos nucleares no tienen de que preocuparse, la gente siempre deseará matar a otra gente en escalas masivas. En efecto, tienen su refrigerador lleno de de salchichas y agua primaveral exactamente como el plomero. Nada puede pasarles; regalías, becas, un arcoíris en camino a su tumba y una lápida que brilla en la oscuridad.
Sin embargo, los artistas si poseen, por cierto, un grado de libertad. Un escritor tiene poco poder, pero tiene libertad, al menos en Occidente, ¿no es así Sr. Yevtushenko?2 Piensa en esto cuidadosamente. ¿En realidad quieres ser el portavoz de aquellos consumados en el poder? Entre más poder menos libertad. Un político carece casi por completo de libertad. Me preguntan seguido, “¿Qué haría usted si fuera presidente? “¿Qué haría si fuera el dictador de América?” “¿Qué haría con un billón de dólares?” En las palabras de mi reciente amigo Ahmed Jacoubi, “Esta pregunta no es de opinión personal.” Una pregunta previa es necesaria: ¿Cómo llegó a ser presidente, o dictador, o billonario?” Las respuestas de estas preguntas constituirán las condiciones de tu poder. Pues uno no es mágicamente teletransportado a estas posiciones; uno llega a ellas siguiendo una serie de pasos discretos, cada paso cubierto de condicionantes y premios.
Tomemos un ejemplo microcóscmico: mi humilde ambición de convertirme en Comisionado de Alcantarillas de San Luís y el infantil sueño de lo que haría cuando ocupara este cargo. Un esbozo de estos sueños apareció en un ensayo que escribí para Harper’s replicando a la pregunta, “¿Cuándo quiso dejar de ser el presidente?” Imaginaba una austera prebenda, acuerdos desquiciados respecto al drenaje, mi casa repleta de jovencitos viciosos y lánguidos descritos en la prensa como “no más que lacayos de su majestad: El Sultán de las Alcantarillas”. Suponía, a su vez, que mi posición estaría asegurada por las pestes que sabía del gobernador y que pasaría las tardes en orgías salvajes o sentado fumándome el porro del Sheriff disfrutando del hedor de kilómetros de tuberías rotas alrededor.
Pero, en primer lugar, ¿por qué fui nombrado Comisionado de Alcantarillas? Los deberes son de nómina y no hay requerimientos. No me nombraron por mi conocimiento del drenaje o mi habilidad para hacer el trabajo. Entonces, ¿por qué? Quizás trabajé para el Partido algunos años; es hora de mi retribución. Aún así, debo tener algo a cambio que ofrecer. Podría influir en tantos votos, donde mi retribución permanezca proporcional a mi margen de acción. Tal vez esperan que yo dé el gran golpe para al negocio de las alcantarillas. Si es así debo fijarme por donde camino y en donde pongo mi firma. Quizás esperan una contribución para los fondos de la campaña, la cual yo estoy en posición de conectar, teniendo acceso a personas pudientes. Una cosa es segura –esperan algo a cambio.
Ahora, un trato sobre drenaje barato debajo del agua implica contratistas, auditores, todo un mecanismo de reparaciones, reparadores y encubrimientos, todo lo cual debe pagarse en favores y dinero. Así que mi casa no está llena de lánguidos y viciosos jovencitos –está llena de políticos y especuladores con traseros apretados fumando cigarrillos y bebiendo whisky. ¿Sé pestes sobre el gobernador? Debo tener mucho maldito cuidado de que el no sepa algo sobre . El Comisionado, como la esposa del Cesar, debe estar fuera de sospecha; más precisamente fuera de la sospecha de orgías sexuales o uso de drogas. Hubiera estado loco de verme comprometido con el Sheriff. Seguro, puedo llamarlo para absolver una multa de estacionamiento, pero será mejor que me mantenga alejado de su marihuana confiscada a menos que otros en posiciones más altas estén implicados. Aun si pudiera procurar una policía especial para proteger las alcantarillas de un sabotaje comunista, estos no serían jóvenes guapos. Sería más probable que me quedara atorado con el suegro retardado del Sheriff que no puede hacerla ni de vigilante nocturno, y con dos o tres fiascos arrastrados de la policía y cargos de guardia.
Entonces, si no puedo hacer lo que quiera como Comisionado de Alcantarillas, podría hacer incluso menos como presidente de Estados Unidos. “Yo disolvería el ejército y la naval y dirigiría todo el presupuesto de la Defensa a la instalación de centros de adaptación sexual”, ¿lo haría? ¿Legalizaría la marihuana? ¿Anularía el Acto de Exclusión Oriental? ¿Podría abolir el impuesto sobre la renta de los artistas e impostar toda la carga de los impuestos a los ricos? Así viviría tanto tiempo...
Pienso que Richard Nixon descenderá en la historia como un héroe folclórico, alguien que asestó un golpe vital al enfermo concepto de una imagen presidencial reverenciada y devolvió al pueblo las virtudes americanas de la irreverencia y el escepticismo.



1 Hace referencia a su propia novela: Cities of the Red Night. Como ejemplo de aquello que no puede estandarizarse. (Nota del T.)
2 Yevgueni Yevtushenko fue un poeta nacionalista ruso de la generación de los sesenta. Fue popular por proverbios de su autoría como “un poeta en Rusia es más que un poeta” y otras exaltaciones de la Unión Soviética. Burroughs lo toma como referencia para distinguirlo de los artistas que no se mezclan en el poder político.
Artículo publicado en: William Burroughs. The Adding Machine. Arcade. 1985.
Traducción: Ilya Semo Bechet

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