15 de septiembre de 2013

Jaques D'Hont y la inadvertencia de los puntos suspensivos en Hegel


Ilya S. B.
Para Hegel “la filosofía es el mundo al revés”, en ella se comienza por el final. Así, la biografía del filósofo tiene que comenzar a ser pensada por la obra y no por el propio desarrollo de una vida, los acontecimientos han de estudiarse siempre por sus efectos.  En el caso de Hegel de Jaques D'Hont, advertimos que el filósofo del Espíritu fue desde muy temprano después de su muerte, objeto de disputa, pero no como lo es un problema de interpretación al que cada quien pretende apuntar diferencias por su cuenta, sino más bien como la muñeca de trapo que entre varias hermanas termina siendo despedazada. Mientras que los estudiantes universitarios tiraban del juguete hacia la izquierda, algunos de los viejos colegas de Hegel se inclinaron por una derecha liberal.
D'Hont señala su postura desde la exaltación que dirige a los valientes jóvenes que ignorando la epidemia de cólera que entonces había, escoltan el cuerpo de su maestro hasta la tumba: “tenían profundas razones para venerarlo, y dada la situación política y judicial de Prusia, sólo los entierros ofrecían la oportunidad de manifestarse públicamente.” Justo cuando algunos querían ya, tras la muerte de Hegel, sellar su imagen bajo el epíteto de “filósofo de la monarquía absoluta prusiana”, para relegarlo al archivero de apologetas olvidados, una oración inesperada, proclamada en público el día del sepelio, lanza como atributo, la profecía masónica de un destino más agitado: “estrella del sistema solar del espíritu universal”. D'Hont forma parte de los narradores parciales, inclinando la balanza del filósofo del Espíritu, disimuladamente, hacia la revolución.
Sin embargo, para comprobar la radicalidad de Hegel bastaría con menos que recorrer el camino de su erudita vida; sería suficiente incluso, con echar un vistazo a unos cuantos pasajes de sus manuscritos de juventud. Escritos que por cierto Hegel escondió durante toda su vida, con temor a que le costara cara su publicación. En el Primer Programa de un Sistema del Idealismo Alemán (cuando Hegel tenía apenas 26 años y trabajaba como preceptor para una familia de masones) hay una frase admirable que bien podría utilizarse por igual, para refutar gran parte de la obra posterior de Hegel: “Sólo lo que es objeto de la libertad se llama idea. Por lo tanto, tenemos que ir más allá del Estado! Porque todo Estado tiene que tratar a hombres libres como a engranajes mecánicos, y puesto que no debe hacerlo debe dejar de existir.” Si bien hay otras tesis radicales en sus textos de juventud, reintroducidas por él subrepticiamente a lo largo de la obra publicada, habría que reprocharle el no haber reformulado ésta que expusimos. ¡Quién habría pensado que el Estado se opusiera alguna vez a la Idea, es decir que la dominación se opusiera a las potencias de la naturaleza!
Esos textos de juventud embarrados de un instinto poético y anárquico, tienen, muchos de ellos, una manera singular de comenzar y sobre ella queremos llamar ahora la atención. Alguna superstición de escritor obligaba al joven Hegel a iniciar la primera oración con tres puntos, vgr. “...una ética.”, “...existe una opocisión absoluta”. Muchos comentadores omitieron este detalle; mientras que algunos deben haberlo pasado por alto, otros quizá lo consideraron un gesto para expresar la intercomunicación del sistema hegeliano.
Acaso serían más pertinentes los tres puntos suspensivos al inicio de un libro cuando aparecen al final de la oración, como elemento de estilo, aunque usados con mayor discreción y buscando excusas para hacerlo, vgr. “En el año de 18...”; pues así, presagian una aventura que tendrá lugar dentro de poco. Hegel, al colocarlos al principio, indica en cambio que algo está por concluir, hay ahí unas “últimas palabras al respecto”. Hegel toma el dictado del Espíritu, más las primeras palabras ahora no son tan importantes como las últimas, nos decimos para nuestros adentros “podemos ahorrárnoslas, más tarde vendrán”. Los manuscritos de juventud quieren dar una muerte breve a largas tradiciones de reflexión. Incluso dar muerte a la filosofía, aunque sea para rejuvenecerla. Quizá habría que pensar los primeros textos de Hegel, con todo lo que eso implica, justo donde él los imaginó: al final.



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