29 de julio de 2013

Tuli Kupferberg y Robert Bashlow / Mil y un maneras de evitar el reclutamiento - 1966 (extractos)


-Vuela a la luna y no vuelvas.1
-Muérete.
-Muestra un poco de chichis.
-No les hables.
-Renta un cuarto de motel con una oveja.
-Renta un cuarto de motel con un carnero.
-Diles que enloqueciste.
-Diles que enloquecieron.
-Cásate con tu madre.
-Cásate con tu padre.
-Haz estallar la estatua de la libertad.
-Cásate con tu hermana.
-Cásate con tu hermano.
-Cásate con tu hija.
-Cásate con Mao Tse-Tung
-Proclama que Mao Tse-Tung es un Dios Vivo.
-Proclama que tu eres un Dios Vivo.
-Haz que te elijan Papa.
-Piérdete.
-Usa pantalones hechos de gelatina.
-Diles que eres un veterano inválido de la lutte de classes.
-Organiza tu propio ejército y avanza hacia Washington.
-Anuncia tu noviazgo con la Virgen María.
-Anuncia tu noviazgo con Jesucristo.
- Reúne a tus amigos para que te crucifiquen.
-Corta tu oreja izquierda y envíala a la junta de reclutamiento.
-Aprende a hablar con el ano.
-Debes graduarte en una carrera que sea vital para la seguridad nacional, así como epistemología de la metodología fenomenológica. Termina la carrera sólo después de quince años de estudios.
-Envejece rápido, o
-cuando cumplas 17, deja de crecer.
-Publica un panfleto en tono de sátira indicando a los jóvenes como evitar el reclutamiento.
-Diles que vas a saltar muerto de la risa a tu tumba.
-Córtate la cabeza.
-Corta la cabeza del sargento.
-Haz que te encarcelen hasta que ya no puedan reclutarte.
-Dispara a las paredes gritando: "¡Soy el último estalinista! ¡Soy el último estalinista!"
-Pierde tu nombre.
-Pierde tu tarjeta de reclutamiento.
-Pierde la cabeza.
-Actúa natural.
-Escupe en sus caras.
-Rehúsa testificar contra ti mismo.
-Vive en pecado.
-Rebánate el dedo del gatillo.
-Rebana el gatillo.
-Rebana tu meñique.
-Rebana tu pulgar.
-Rebana el índice de tu mano izquierda.
-Rebana tu brazo izquierdo.
-Rebana tu brazo derecho.
-Rebana tu pierna derecha.
-Rebana tu pierna izquierda.
-Rebana tu pene derecho.
-Rebana tu pene izquierdo.
-Come 5 libras de frijoles antes de que te examinen el recto.
-Traga una granada.
-No firmes nada.
-Renuncia a tu ciudadanía.
-Baila.
-Ríe.
-Pide otra oportunidad.
-Postúlate para presidente.
-Gana la presidencia.
-Transfórmate en palabra
-... en contraseña.
-... en símbolo.
-No cooperes. Si te dicen que te pares, siéntate. Si te dicen que te calles, grita. Si juran convertirte en un hombre, besa al sargento.
-Habla el guajolote. En otras palabras diles guguru guguru guguru guguru guguru guguru guguru guguru.
-Únete a varias organizaciones subversivas. Asegúrate de usar tu nombre correcto.
-Hazte el (censurado).
-Apela a la garantía 29 de la constitución. Si te dicen que eso es una incoherencia replica: "¡Estoy hablando de la Constitución Soviética, petardos!"
-...!
(ésta es demasiado terrible como para mencionarla)
-Tatúa BIENVENIDOS LOS MIEMBROS DE LAS FUERZAS ALIADAS en medio de tu ano.
-Entra al centro de inducción cargando un pulpo.
-Conspira para acercar la imagen de este mundo a los deseos del corazón.
-Escóndete en un escusado por doce años.
-Escóndete en un escusado por diecisiete años y medio.
-Escóndete en un escusado por 25 años.
-Di: "No gracias".
-Di: "Mi mamá no me deja".
-Diles que no odias a nadie.
-Funda tu propio país.
-Pide perdón.
-Toma el poder.


1Publicado a manera de manifiesto contra el reclutamiento para la guerra de Vietnam.

Traducción del inglés: Ilya Semo Bechet.

25 de julio de 2013

15 de julio de 2013

Karl Kraus / En esta gran época

que llegué a conocer cuando era tan pequeña; que volverá a ser pequeña si dura lo suficiente; y a la que preferimos tratar de época gorda, y en realidad tam­bién de época pesada, dado que no es posible una me­tamorfosis semejante en el ámbito del crecimiento or­gánico; en esta época, en la que ocurre precisamente lo que uno no podía imaginarse, y en la que ha de ocurrir lo que uno ya no puede imaginarse, y si se pu­diera hacerlo, no ocurriría; en esta época seria, que se ha muerto de risa ante la posibilidad de que la cosa vaya en serio; que sorprendida por su aspecto trági­co, anhela diversión, y encontrándose a sí misma con las manos en la masa, busca palabras; en esta época ruidosa, que retumba con la escalofriante sinfonía de hechos que provocan noticias y de noticias que tienen la culpa de los hechos: en una época así, de mí no es­peren ni una sola palabra propia. Ninguna salvo ésta, que aún protege al silencio del malentendido. Así de profundo es el respeto que guardo por la irrevocabi­lidad del lenguaje, por la subordinación del lenguaje a la desgracia. En los reinos de la escasez de fantasía, donde el ser humano se muere de carestía espiritual sin percibir el hambre que tiene su alma, donde la plu­ma se remoja en sangre y la espada en tinta, ha de ha­cerse lo que no se piensa, pero lo que sólo se piensa es impronunciable. No esperen de mí ni una sola pa­labra propia. Tampoco podría yo decir algo nuevo: en el cuarto en el que uno escribe hay tanto ruido, y no es hora de decidir si proviene de animales, de niños, o de morteros. Quien hace honor a los hechos, deshon­ra por igual a la palabra y al hecho, y es doblemente despreciable. Ese oficio no se ha extinguido. Los que ahora no tienen nada que decir porque el hecho tiene la palabra siguen hablando. ¡Quien tenga algo que de­cir, que dé un paso al frente y calle! Tampoco puedo traer a colación palabras viejas mientras ocurren he­chos que son nuevos para nosotros y cuyos testigos dicen que no eran de esperarse. Mi palabra podría sonar más fuerte que las rotativas, y que no las haya detenido no prueba nada contra ella. Ni siquiera ha podido hacerlo con la maquinaria mayor, y el oído que escucha las trompas del Juicio Final no se cierra por mucho tiempo a las trompetas del día. La inmun­dicia de la vida no se paralizó por el espanto, la tinta no empalideció ante tanta sangre, sino que la boca se tragó los numerosos sables, y no vimos más allá de la boca, y medimos la grandeza sólo por la boca. Y del altar en la opereta cayó oro por hierro, el bombardeo fue un cuplé, y quince mil prisioneros fueron a parar a una edición especial, que una doncella leía para que se llamara a un libretista. Para mí, un insaciable que aún no ha tenido suficientes víctimas, no se ha alcanzado la línea trazada por el destino. Para mí recién hay gue­rra cuando se envía a ella sólo a los que no sirven. De lo contrario, mi paz no tiene descanso, me preparo en secreto para la gran época, y pienso íntimamente algo que sólo puedo decirle a mi amado Dios, no a mi ama­do Estado, que ahora no me permite decirle que es demasiado tolerante. Porque si ahorano capta la idea de estrangular a la denominada libertad de prensa, que ni se entera de un par de manchas blancas, nunca captará la idea, y si yo quisiera hacérsela entender, se abalanzaría sobre ella y mi texto sería la única vícti­ma.(2) Así que debo esperar, aun cuando sea el único austriaco que no puede esperar y que querría ver que un sencillo auto de fe sustituye al fin del mundo. La idea que me gustaría hacer que entiendan los posee­dores efectivos del poder nominal es tan sólo una idea fija mía. Pero con ideas fijas se salva una propiedad tambaleante, ya sea un Estado o un mundo cultural. Uno no le cree a un comandante que los pantanos son importantes hasta que un cierto día ve a Europa sólo como los alrededores de un pantano. De un terreno sólo veo los pantanos, de la profundidad de estos sólo veo la superficie, de una situación sólo veo la aparien­cia, de ésta sólo un destello, y aun de ello un mero contorno. Y a veces me basta con una entonación, o apenas con la alucinación. Para divertirse, háganme el favor de seguirme hasta la superficie de este mun­do problemático, que recién fue creado cuando estu­vo formado, que gira en torno a su propio eje, y que quiere que el sol gire en torno suyo.
Sobre ese sublime manifiesto, ese poema que pro­loga a la época llena de hechos, el único poema que hasta ahora ésta ha suscitado, sobre el afiche más hu­mano con que la calle podía hacer que se topen nues­tros ojos, pende la cabeza de un gigantesco cómico de varieté. Al lado, sin embargo, un fabricante de tacones de goma ultraja el misterio de la creación al declarar respecto de un bebé que patalea que el hombre debe­ría venir así al mundo: con los productos de su fabri­cación, y en especial de su marca. Ahora bien, cuando yo opino que el hombre, así las cosas, haría mejor en no venir en absoluto al mundo, soy un bicho raro. Y si de todos modos afirmo que en estas condiciones el hombre ya no habrá de venir al mundo en el futuro y que tal vez luego sigan viniendo los tacones de bota pero sin el ser humano correspondiente, porque éste no pudo sostener el paso de su propia evolución y se quedó rezagado en tanto último obstáculo para su progreso; si afirmo algo así soy un loco, que de un sín­toma ya deduce toda la enfermedad, y del bubón, la peste. Si no fuera un loco, sino un hombre culto, no sacaría una conclusión tan temeraria del bubón, sino del bacilo, y entonces sí que me creerían. Qué loco es decir que para librarse de la peste hay que confiscar el bubón. Pero de veras soy de la opinión de que en esta época, como quiera que la llamemos y valoremos, esté ya desvencijada o a punto de estarlo, apilando deudas de sangre y podredumbre tan sólo a los ojos de un Hamlet o madurando ya para el brazo de un Fortimbrás; de que en la actual situación, las raíces es­tán en la superficie. Cosas así se ven claras gracias a una gran confusión, y lo que antes era paradójico aho­ra se confirma gracias a la gran época. Puesto que no soy ni un político ni su hermanastro, un esteta, no se me ocurre negar la necesidad de algo que sucede, o quejarme de que la humanidad no entienda lo de mo­rir en la belleza. Sé muy bien que los hombres bom­bardean catedrales con razón cuando los hombres las usan con razón como puestos militares. “Absolutamente nada ofensivo”, dice Hamlet.(3) Sólo que las fauces del infierno se abren ante un interrogante: ¿cuándo es que la mayor época de guerra alza a las catedrales con­tra los hombres? Sé perfectamente que cada tanto es preciso transformar los mercados en campos de bata­lla para que de estos vuelvan a surgir nuevos merca­dos. Pero un día turbio uno ve más claro y pregunta si acaso es correcto no perder pisada del camino que se aleja de Dios tan deliberadamente. Y si acaso el miste­rio eterno del que proviene el ser humano y aquel en el que se adentra sólo encierran en realidad un secreto comercial que le confiere superioridad al hombre por sobre el hombre e incluso por sobre el creador del hombre. Quien quiere expandir la propiedad y quien sólo la defiende viven ambos en estado de posesión, siempre por debajo de la propiedad y nunca por enci­ma. Uno la paga, el otro la explica. No nos va a asus­tar nada respecto de la propiedad si ya se habían visto y padecido en forma inaudita sacrificios humanos, y por detrás del lenguaje del vuelo del alma, al irse des­vaneciendo la música embriagadora, entre huestes te­rrenales y celestiales, una pálida mañana irrumpe la declaración: “Lo que está por suceder es que el viajan­te desplegará continuamente las antenas y sondeará incesantemente a la clientela”. La humanidad es clien­tela. Tras las banderas y las llamas, tras los héroes y los ayudantes, detrás de todas las patrias se ha erigido un altar ante el cual cruza sus manos la devota ciencia: ¡Dios creó al consumidor! Pero Dios no creó al consu­midor para que prosperara en la Tierra, sino para algo superior: para que prosperara el comerciante en la Tierra, porque el consumidor fue creado desnudo y recién se volvió comerciante cuando vendió ropa. La necesidad de comer para vivir no se puede discutir fi­losóficamente, si bien la condición pública de este que­hacer da prueba de una irrenunciable carencia de pu­dor. La cultura es el acuerdo tácito de que los víveres estén por detrás de la función vital. La civilización es el sometimiento de la función vital a los víveres. El progreso sirve a este ideal y es a este ideal que presta sus armas. El progreso vive para comer, y en ocasio­nes muestra que hasta puede llegar a morir para co­mer. Soporta las tribulaciones para prosperar. Pone emoción en las premisas. La máxima aprobación del progreso exige desde hace tiempo que la demanda se guíe por la oferta, de que comamos para que el otro se harte, de que el vendedor ambulante siga interrum­piendo nuestros pensamientos ofreciéndonos justo lo que no precisamos. El progreso, bajo cuyos pies se en­luta la hierba y el bosque se transforma en papel del que brotan las hojas, ha subordinado la función vital a los víveres y nos ha hecho accesorios de nuestras herramientas. El diente del tiempo tiene una caries, pues cuando estaba sano llegó la mano que vive de emplomar. Donde se hicieron todos los esfuerzos para que la vida quede alisada, ya no queda nada que re­quiera tal embellecimiento. En un ámbito así, la indi­vidualidad puede vivir, pero ya no nacer. Puede que se aloje, con sus deseos nerviosos, allí donde autóma­tas sin rostro ni cordialidad empujan de un lado a otro en medio del avance y el confort. Como árbitro entre valores naturales que es, la individualidad se decidirá por otra cosa. Claro que no por la medianía local, que guarda su vida espiritual para la propaganda de sus mercancías, se ha entregado a un romanticismo de los víveres, y ha puesto “el arte al servicio del comercian­te”. La decisión se da entre caballos de fuerza y fuerza del alma. De la vida laboral no hay raza que vuelva a sí misma sin fatigarse; a lo sumo, vuelve al placer. La tiranía de la necesidad de vivir concede a sus esclavos tres tipos de libertad: del espíritu, la opinión; del arte, la diversión; y del amor, la disipación. Gracias a Dios, aún quedan bienes escondidos cuando los bienes de­ben seguir circulando. Pues la civilización vive al final de la cultura. Cuando la espantosa voz que por estos días tiene el poder de aullar las órdenes exige, con el lenguaje de su impertinente fantasía, que el viajero ex­tienda sus antenas y sondee a la clientela entre nubes de pólvora; cuando, ante lo inaudito, se arranca la he­roica decisión de reclamar los campos de batalla para las hienas, tiene algo de esa franqueza sin consuelo con la que el espíritu de la época se mofa de sus már­tires. Bien, nos sacrificamos a las mercancías, consu­mimos y vivimos de forma tal que el medio consume el fin. Bien, si un torpedo se hace cargo de nosotros, ¡que antes se nos permita blasfemar a Dios como si fuera un torpedo! Y las necesidades que se ha impues­to un mundo extraviado en el laberinto de la econo­mía exigen testimonios firmados con sangre y horri­bles notas de tapa sobre pasiones; el gran judío que lleva las cuentas, el hombre sentado a la caja registra­dora de la historia universal, se cobra triunfos y regis­tra las transacciones diarias con sangre, y en cópulas y títulos desde los que ladra la avaricia adquiere un tono que factura para sí la cifra de muertos y heridos y pri­sioneros como si fueran activos, en lo que a veces con­ ­funde “mío” y “tuyo” y “pierna” y “piedra”,(4) pero que es tan liberal como para, subrayando discreta­mente su modestia y acaso de acuerdo con las impre­siones de los círculos de iniciados, y sin dejar de lado a la imaginación, distinguir estratégicamente entre “preguntas de lego” y “respuestas de lego”. Y cuando luego se atreve a darle la bendición al alza del senti­miento patriótico (tan beneficiosa para él), a presentar sus saludos y sus buenos augurios ante el ejército, y a alentar a sus “bravos soldados” en la jerga de la efi­ciencia y cual si fuera al cierre de una satisfactoria jor­nada bursátil, supuestamente hay “una sola voz” de fastidio, realmente sólo una que hoy lo expresa; ¡pero de qué sirve mientras haya una voz, cuyo eco no debe­ría ser sino una tempestad de los elementos que se al­zan contra el espectáculo de una época que tiene el coraje de llamarse grande y no le presenta un ultimá­tum a semejante prócer!
La superficie se asienta y se adhiere a la raíz. El sometimiento de la humanidad a la economía sólo le ha dejado la libertad de la enemistad, y así como el progreso le afiló las armas, creó para ella la más mor­tífera de todas las armas, un arma que más allá de su necesidad sagrada le quitó incluso la última preocupa­ción respecto de su bienaventuranza terrenal: la pren­sa. El progreso, que también tiene la lógica a su disposición, objeta que la prensa no es sino uno de los gremios laborales que viven de una necesidad preexis­tente. Pero si esto es tan cierto como correcto, y la prensa no es más que una forma impresa de la vida, ya estoy avisado, porque sé cómo está hecha la vida. Y de pronto me pasa que un día turbio me queda en claro que la vida es sólo la forma impresa de la prensa. Así como en los días del progreso aprendí a subvalo­rar la vida, hube de sobrevalorar la prensa. ¿Qué es? ¿Sólo un mensajero? ¿Uno que nos molesta además con su opinión? ¿Que nos tortura con sus impresio­nes? ¿Que con los hechos nos trae a la vez la represen­tación? ¿Que nos atormenta con sus detalles sobre los pormenores de informaciones sobre ciertos ambientes o con sus percepciones sobre observaciones de porme­nores sobre detalles y con sus continuas repeticiones de todo lo que nos cala los huesos? ¿Alguien tras de quien se arrastra un séquito de personalidades infor­madas, enteradas, iniciadas y destacadas, que tienen que confirmarlo, que darle la razón, relevantes parási­tos de lo superfluo? ¿La prensa es un mensajero? No: el acontecimiento. ¿Un discurso? No, la vida. La pren­sa no sólo se arroga la pretensión de que sus noticias sobre los acontecimientos son los verdaderos aconteci­mientos, sino que concreta esa siniestra identidad, gra­cias a la cual se tiene la sensación de que se informa sobre los hechos antes de que estos se lleven a cabo, y a menudo hace concreta la posibilidad –o en todo caso, las circunstancias– de que los corresponsales de guerra no puedan ser espectadores, por supuesto, pero los combatientes se vuelvan corresponsales. En este sentido, acepto gustosamente que me acusen de haber sobrevalorado la prensa toda mi vida. No es un servidor (¿cómo podría un servidor exigir y obtener tanto?): es el acontecimiento. El instrumento se nos ha ido nuevamente de las manos. Hemos puesto por las nubes al hombre que tiene que informar sobre el calor del fuego y que bien podría desempeñar el papel más subsidiario en el Estado, lo hemos puesto por encima del incendio y de la vivienda, del hecho y de nuestra fantasía. Pero como Cleopatra, curiosos y decepciona­dos, deberíamos golpear también al mensajero por el mensaje. Al que le anuncia un matrimonio detestable y embellece el anuncio, ella lo hace responsable del matrimonio. “Relléname con tu provisión de noticias mis oídos, tanto tiempo vacíos de ellas. [...] ¡Que la peste más maligna caiga sobre ti! ¿Qué decís? ¡Fuera de aquí, horrible villano! O voy a rechazar con el pie tus ojos delante de mí como pelotas; voy a arrancarte los cabellos de la cabeza. (Le maltrata.) Serás azotado con un látigo de alambre, revolcado en la sal y cocerás lentamente en salmuera.” “Graciosa señora, yo traigo las noticias, no he hecho la boda.”(5) Pero el reportero concierta el matrimonio, prende fuego la casa, y hace verdad la crueldad que falsea. Durante décadas de ejercitación ha llevado la humanidad exactamente al grado de carencia de fantasía que hace que le resulte posible una guerra de exterminio contra sí misma. Puesto que gracias a la desmedida celeridad de sus aparatos le ha ahorrado toda capacidad para la vi­vencia y el desarrollo espiritual propio de ésta, puede implantarle el necesario valor para morir, un valor con el que la humanidad se precipita. Dispone del brillo de las cualidades heroicas, y su abuso del len­guaje embellece un abuso de la vida, como si la eter­nidad hubiera guardado su clímax justo para la épo­ca en la que vive el reportero. ¿Pero la gente se imagina de qué vida es expresión el periódico? ¡De una que ya hace mucho que es expresión del perió­dico! ¿Se sospecha cuánto le debe medio siglo a esta inteligencia desbocada en términos de espíritu asesi­nado, nobleza saqueada y santidad profanada? ¿Se sabe acaso cuántos insumos vitales ha engullido la barriga dominical de semejante bestia rotativa para poder engordar hasta 250 páginas? ¿Se piensa qué nivel de ventas hubo que alcanzar sistemática, tele­gráfica, telefónica y fotográficamente, para que una sociedad que aún estaba dispuesta a jugar con sus posibilidades internas se acostumbrara a sorprender­se a lo grande ante un hecho irrisorio, con ese asom­bro que encuentra sus frases hechas en el abomina­ble lenguaje de ese mensajero, cuando alguna vez “se formaron los grupos” o bien el público empezó “a masificarse”?(6) Pues toda la vida moderna cae bajo el concepto de una cantidad que ya no es mensurable, sino que se alcanza siempre, y a la que en definitiva no le queda más que devorarse a sí misma; como el re­cord evidente no deja mayores dudas y la atormenta­dora totalidad evita todo cálculo ulterior, la conse­cuencia es que nosotros, agotados por la multiplicidad, no nos queda más que el resultado, y que en una épo­ca en la que dos veces al día se nos ofrecen en veinte repeticiones de todas las formas posibles las impresio­nes de las impresiones, la gran cantidad se descompo­ne en destinos individuales que sólo los individuos perciben, y de pronto, incluso en la cima, la muerte que se concede a los héroes aparece como un destino cruel. Pero alguna vez se podría ir más lejos y ver qué pequeño que era este asunto de una guerra mundial comparado con la automutilación de la humanidad a manos de su prensa, y cómo es que en el fondo la gue­rra ha sido sólo una de las irradiaciones de la prensa. Hace algunas décadas, un Bismarck –otro que tam­bién sobrevaloraba la prensa– podía reconocer que “lo que la espada ha ganado para nosotros, los alema­nes, se vuelve a perder gracias a la prensa”, echándole la culpa de tres guerras. Hoy, las relaciones entre ca­tástrofes y redacciones son más profundas, y por ende menos claras. Pues en la era de los que cooperan con ella, el hecho es más fuerte que la palabra, pero más fuerte aun que la palabra es el sonido. Vivimos del so­nido, y en este mundo patas para arriba el eco suscita la fama. En la organización sonora, la debilidad es ca­paz de una maravillosa transformación. Puede que el Estado lo necesite, pero el mundo no tiene nada que ver con eso. Bismarck lo intuyó en una época en la que el progreso cabía en los zapatos de un niño y aún no se escabullía por la cultura con tacones de goma. “Todo país”, dijo, “a la larga es responsable por los vi­drios que rompe su prensa”. Más aun: “En Viena, la prensa es peor de lo que me había imaginado, y de hecho más mala y nociva que la prusiana”. Y declara­ba que el corresponsal, para no exponerse a la acusa­ción de no contar con buenos contactos, lanza sus pro­pias invenciones o las de su legación diplomática. Claro, todos dependemos más que nada de los intere­ses de una cierta rama profesional. Si se lee el periódi­co sólo por la información, no se aprende la verdad, ni siquiera la verdad sobre el periódico. La verdad es que el periódico no es un índice de contenidos, sino un contenido, y más que eso, un estimulante. Cuando miente sobre atrocidades, aparecen las atrocidades. ¡Hay más injusticia en el mundo porque hay una pren­sa que la inventa y que se queja de ella! No son las naciones las que se atacan unas a otras, sino la ver­güenza internacional, el oficio que no a pesar de su irresponsabilidad, sino gracias a la misma, gobierna el mundo, reparte heridas, tortura prisioneros, acosa ex­tranjeros, y vuelve pendencieros a los gentlemen. Y pu­ramente gracias a los plenos poderes de la falta de ca­rácter, que asociada a una voluntad vil puede transformar de inmediato la tinta en sangre. ¡Último y sacrílego milagro de la época! Al principio era todo una mentira, que mentía incluso al decir que sólo se mentía en otro lugar, y ahora, lanzado a la neurastenia del odio, todo es verdad. Hay naciones diversas, pero sólo una prensa. El despacho informativo es un recur­so bélico tanto como la granada, que tampoco tiene consideración por casos concretos. Ustedes creen; pero ellos saben más, y ustedes tienen que creer en eso. Los héroes de la impertinencia, gente con la que ningún combatiente querría compartir una trinchera pero por la que sí ha de dejarse entrevistar en una, irrumpen en un castillo real recién abandonado para poder informar: “¡fuimos los primeros!” Cobrar por cometer atrocidades no sería ni con mucho tan insul­tante como cobrar por inventarlas. Gente aclamada con una esfera de acción propia, que se queda sentada en su casa cuando no tiene la suerte de contar anécdo­tas en un cuartel de prensa o de movilizarse de urgen­cia hasta el frente de combate, y que les procura a los pueblos el cotidiano espanto hasta que estos lo sienten de veras y justificadamente. De la cantidad, que es el contenido de esta época, a cada uno de nosotros nos toca una parte, que procesamos según lo sentimos, y lo que nos es común se hace tan visible gracias al cable de comunicaciones y al cine que nos vamos contentos a casa. Pero así como el reportero ha liquidado nues­tra fantasía con su verdad, nos devuelve a la vida con su mentira. Su fantasía es el sustituto más cruel de la que alguna vez tuvimos. Pues cuando él afirma en un lugar que en otro lugar matan mujeres y niños, los del primer lugar lo creen y lo hacen en serio. ¿No se ad­vierte que la palabra de un sujeto desenfrenado, tan útil en tiempos de disciplina, tiene más alcance que un mortero, y que las fortificaciones anímicas de esta épo­ca son una construcción que colapsa en caso de emer­gencia? Si los Estados hubieran tenido la lucidez de darle preferencia al deber de defensa general y renun­ciar a los telegramas… por cierto, la guerra mundial sería más leve. Y si antes del estallido de ésta acaso hubieran tenido el valor de enviar los representantes de un cierto oficio a un desolladero internacional uni­ficado, ¡quién sabe si las naciones no se lo habrían ahorrado! Pero antes de que los periodistas y los di­plomáticos que ellos usan depongan las armas, tienen que pagarlo los seres humanos. “Algo de lo que dicen los periódicos es cierto”, ha dicho Bismarck. Claro, también hay algo en los suplementos: ahí trabajan nuestros buenos folletinistas, expiden plegarias en la batalla por los honorarios, besan a sus aliados en la boca, elogian el glorioso “tumulto” de hoy en día, ad­miran el orden así como antes veneraban la comodi­dad, comparan una fortificación con una bella mujer (o al revés, según el caso), y en general se comportan a la altura de la gran época. Bajo el título “Días terri­bles”, alguien del extranjero retrata en forma seriada sus vivencias en una ciudad capital que debió abando­nar. Los horrores más extremos consistieron en que se lo instó a retirarse, sólo le quisieron dar 1200 francos por 1000 marcos, y sobre todo, no se podía conseguir un taxímetro, algo que en otros centros de transporte ya debía darse incluso antes de una movilización ge­neral. Por lo demás, no puede expresar con elogios suficientes –uno no da crédito a sus oídos– la calma, el respeto, la conmiseración de la población local, de la que sin embargo habíamos sabido por telegramas que se había comportado como panteras y lobos sali­dos de sus jaulas al descarrilar un circo: en suma, que allí se entró en la guerra como en otra parte se sale de un concierto. Los telegramas son material bélico. En los suplementos culturales no se opera con tanta pre­cisión: en ellos puede escurrirse la verdad. Pero cuan­do aparece, tal vez ya es de nuevo falsa, porque mien­tras tanto han aparecido telegramas que han hecho lo suyo para darle la razón a otros telegramas y así recti­ficar la realidad. ¿O alguien piensa que ese Nordau ha pintado todo color de rosa porque ya quería asegurar­se el regreso a su puesto en tiempos de paz?(7) Así que justamente el periodismo dispone sobre la vida, según busque sólo la ventaja propia o también la desventaja ajena. En general puede decirse que en tiempos de guerra, fuera del trabajo que ejecutan las armas sóli­das, existen las prestaciones que brindan la palabra y la ocasión. La crueldad que ejercita la población de los Estados enemigos es de extracción común, o de lo más común, es decir, culta. El populacho y la prensa están por encima de los intereses nacionales. Uno sa­quea, la otra telegrafía. Y cuando ésta telegrafía, el po­pulacho se anima, y lo que las redacciones han resuel­to, lo pagan y lo expían las naciones. “Represalias” es con lo que se le responde a la prensa. Ésta exagera la situación del mundo después de haberla creado. Si la prensa es apenas su expresión, la situación mundial es bastante horrible. Pero la prensa es lo que la estimula. En Austria, inventó y promovió el estéril pasatiempo de “la discordia de las nacionalidades” para hacer cre­cer desapercibidamente el negocio de su vergonzoso intelecto; así como lo llevó tan lejos como quiso, aho­ra arrienda su patriotismo a cambio de ganancias fu­turas; compra valores que se desploman, es el ave fé­nix que vistosamente resurge de cenizas ajenas. ¡Déjenme que sobrevalore la prensa! Pero si afirmo injustamente que en una era que tan fácilmente pro­pende a tomar la edición extra por el acontecimiento y que con nervios acalorados se deja llevar a los he­chos de manos de la mentira; si no es cierto que de los telegramas ha manado más sangre que la que querían contener, ¡que esa sangre caiga sobre mi cabeza!
“Que sea la última vez”, exclamaba Bismarck, “que los logros de la espada prusiana se dilapidan en ma­nos liberales para calmar las insaciables pretensiones de un fantasma que, bajo el nombre ficticio de espíritu de la época o de opinión pública, con su griterío anes­tesia la razón de los príncipes y de los pueblos, hasta que cada uno se asusta de la sombra del otro y todos olvidan que por debajo de la piel de león de ese espec­tro se oculta una criatura de naturaleza ciertamente más ruidosa, pero menos temible”. Lo dijo en 1849. ¡Qué terriblemente ha crecido esta criatura inofensiva en estos sesenta y cinco años! Que no enmudezca ante hechos que ella misma promovió muestra en favor de quién espera verlos cumplidos. La máquina le ha de­clarado la guerra a Dios, y entre las prestaciones que yo siempre le reconocí, sigue encontrando palabras, y la época se mide y se sorprende de lo que ha creci­do de la noche a la mañana. Pero siempre fue así, y sólo yo no me daba cuenta. O sea que verla pequeña era un defecto de mi vista. Mientras tanto, limpiar las “molestias” que pululan por la superficie bajo la cual mora algo grande me resultaría una tarea demasiado pequeña, y no me siento a su altura. Alguien me pre­guntó hace poco dónde me sitúo, rogando que nos libráramos de la vieja suciedad en atención a la nue­va época. No puedo hacerlo. Lo grande, lo elemental ha de tener la fuerza por sí solo para ocuparse de las molestias, y no precisa que un escritor lo incite y lo ayude. Pero como salta a la vista de todos, lo grande, lo elemental aún no ha podido hacerlo. ¿Qué vemos? Lo que es grande tiene epifenómenos que lo acom­pañan. Cuando las consecuencias alcancen su altura, ¡que se apiaden de nosotros! Lo grande no ha acaba­do con sus epifenómenos de la noche a la mañana. Que las bombas se arrojen con ingeniosidad y que los cabarets anuncien un programa “de 42 morteros” nos muestra cuán conservadores y cuán actuales somos. Lo revelador no es que esto ocurra, sino el letargo que posibilita y que sostiene. Ya sabemos cómo se lleva el humor inveterado en nosotros con el exceso san­guíneo. Pero, ¿y el espíritu? ¿Cómo acoge a nuestros poetas y pensadores? ¡Y cuando el mundo está patas para arriba, no se les ocurre nada mejor! ¡Y cuando el mundo se desgarra, no aparece ningún espíritu! Y no aparecerá más adelante; pues si ahora hubiera de esconderse, tendría de expresarse mediante una muda dignidad. Pero en torno al ámbito cultural no vemos más que el espectáculo del intelecto que se engrana en la consigna, cuando la personalidad no tiene la fuer­za de descansar calladamente en sí misma. El servicio militar voluntario del poeta es su puerta de entrada al periodismo. Ahí está un Hauptmann, están los se­ñores Dehmel y Hofmannsthal, con pretensiones de ser condecorados en la primera línea del frente, y tras ellos lucha el diletantismo desatado.(8) Tan tempestiva ­anexión a la banalidad nunca se había dado antes, y el sacrificio de los espíritus líderes es tan veloz que sur­ge la sospecha de que no tenían un yo para sacrificar, sino que más bien actuaban guiados por la heroica idea de tener que guarecerse donde ahora se está más seguro: en la frase hecha. Lo desconsolador sólo es cómo la literatura no siente su impertinencia, y no la superioridad del ciudadano que halla en la frase hecha la vivencia que le correspondía tener a él. El de bus­carle rimas –y encima malas– a un entusiasmo ajeno y preexistente, pareando “batallón” con “escuadrón”,(9) y el de confirmar que las hordas humanas son ase­sinas, es el más flaco servicio que la sociedad puede esperar de sus espíritus en tiempos de urgencia. El ru­mor inarticulado que nos llegaba de los poetas ene­migos implica al menos la prueba de una excitación sentida en forma individual, que reduce el artista al hombre privado y delimitado en términos nacionales. Por lo menos, era el poema que la confusión de los hechos sonsacaba del poeta. La acusación de barbarie en la guerra era una información falsa. Pero la barba­rie en la paz, que reside en la disponibilidad de la rima cuando la cosa va en serio y que de una vivencia ajena hace un artículo de fondo, es una humillación impa­gable. Y al cabo puede un Hodler, que no tiene razón, seguirse mostrando junto a una docena de Haeckel, que sí tienen razón.(10) Y al cabo un estallido de furia sigue teniendo más cultura que una encuesta que tie­ne la gentileza de decidir favorablemente la pregunta de si es lícito representar Shakespeare. El mayor poeta alemán contemporáneo, Detlev von Liliencron,(11) un poeta de la guerra, una víctima de ese desarrollo cul­tural surgido de la victoria, acaso no habría tenido ánimo suficiente para aferrarse a un hecho aún can­dente con una opinión, y habrá que esperar para ver si entre aquellos que experimentaron esta guerra y aquellos que puedan vivir como poetas surge alguno que unifique artísticamente materia y palabra. Lo que se hará visible es si algo orgánico puede surgir de la cantidad, que ya no está unida a la vida del alma por ningún puente, pues todos han sido volados. Aquellas inteligencias que ante la amenaza de peligro se echan rápida y cómodamente en las grietas de su ser, les se­rán dadas como alimento a los cerdos.
Quizás hasta la guerra más pequeña siempre fue una transacción que dejó limpia la superficie y actuó en el interior. ¿Hacia dónde apunta esta gran guerra, que es grande gracias a fuerzas contra las que habría que hacer la más grande de las guerras? ¿Es una sal­vación, o sólo el fin? ¿O apenas una continuación? ¡Ojalá que las consecuencias de un asunto tan vasto no sean peores que las circunstancias que lo acompa­ñan, a las que no tuvo la fuerza de apartar de sí! ¡Ojalá no ocurra nunca que la vacuidad crezca más que hasta hoy en día invocando penosas fatigas, que la pereza se cubra de gloria, que la estrechez se remita al trasfondo de la historia universal, y que la mano que nos tantea los bolsillos muestre antes sus estigmas! ¿Cómo pudo ser posible que una publicación cosmopolita festeje una guerra mundial? ¿Que un ladrón bursátil se cua­dre ante una batalla de millones y con titulares estre­pitosos exija y encuentre atención para el quincuagési­mo aniversario de su nefasto oficio? ¿Que los bancos en moratoria no pudieran atender a su clientela pero sí pagarle a éste más de 400 coronas por cada uno de los cien anuncios de su número conmemorativo? ¿Que al tronar de los cañones se oyeran los discur­sos de los repartidores de diarios y que los anuncios de felicitación desfilaran durante semanas, cual una lista de bajas de la cultura? ¿Cómo pudo ser posible que en los días en que la frase hecha ya empezaba a sangrar y expiraba ante la muerte todavía pudiera servir como adorno de las vidrieras de los burdeles li­berales? ¿Que los escribas izaran banderas cuando ya estaban en el terreno y que un siervo del balance, un francotirador de la cultura, se hiciera homenajear por una banda de sirvientes encumbrados como “coman­dante en jefe del espíritu”? ¡Ojalá que la época llegue a ser tan grande como para no ser el botín de un vence­dor que pone sus pies sobre el espíritu y la economía! ¡Que se sobreponga a la pesadilla de una oportunidad en la que el triunfo se vuelve un mérito de los que no participaron, que quite de sus honores ese empe­ño en pos de medallas a la inversa que le presentan justamente la estupidez, los términos extranjeros y los nombres de comidas, y que los esclavos cuya máxi­ma meta en toda la vida fue “dominar” el lenguaje de aquí en adelante pretendan avanzar en el mundo con la habilidad de no dominarlo! ¿Qué saben de la gue­rra ustedes que están en la guerra? ¡Ustedes luchan, claro! ¡No se han quedado aquí! También a quienes sacrificaron los ideales por su vida se les concede al­guna vez sacrificar la vida misma. ¡Ojalá que la época crezca tanto como para alcanzar ese sacrificio, y nunca sea tan grande como para crecer en vida más allá de su recuerdo!



1 “In dieser grossen Zeit”, Die Fackel 404, 5 de diciembre de 1914, p. 1-19. Traducción: M. G. Burello.
2 “Manchas blancas” eran lo que quedaba en los periódicos por acción de la censura a último momento.
3 Shakespeare, Hamlet, III, 2. En: Obras completas I (Tragedias), ed. de L. Astrana Marín, Madrid, Aguilar, 2007, p. 136.
4 “Mein und dein und Stein und Bein”: en el original, términos muy semejantes.
5 Shakespeare, Antonio y Cleopatra, II, 5. En: ibid. nota 3, p. 386-387.
6 “Los grupos se formaron” juega con la idea de “formarse” (sich bilden) en sentido espiritual, así como “masificarse” (sich mas­sieren) también implica “masajearse”.
7 Max Nordau (1849-1923), polémico pensador de origen hún garo y extracción judía. Fue corresponsal de la prensa austriaca desde París, sobre todo a causa de su amistad y su co-militancia con Theodor Herzl, el proclamador del sionismo moderno.
8 Gerhart Hauptmann (1862-1946), cuyo apellido también vale por “capitán” (especialmente propicio en este contexto), gran na­ rrador y dramaturgo alemán, premio Nobel de Literatura en 1912. Richard Dehmel (1863-1920) y Hugo von Hofmannsthal (1874-1929), alemán y austriaco respectivamente, fueron dos eminencias literarias de la época, distinguidos por su lenguaje refinado y su penetración psicológica.
9 En el original, Rotte (tropa) y Flotte (flota naval).
10 Ferdinand Hodler (1853-1918), pintor suizo que pasó del na­turalismo al expresionismo en sus últimos años, y Ernst Haeckel (1834-1919), biólogo alemán que difundió y desarrolló las teo­rías de Darwin.
11 Detlev von Liliencron (1844-1909), el mayor poeta lírico de origen alemán de su tiempo. Participó activamente en las gue­rras contra Austria y contra Francia, y llegó al grado militar de capitán. En la primera lectura pública de este texto, Kraus leyó también algunas piezas de Liliencron, a quien veneraba.
Traducción: Jorge Goldszmidt, María Paula Daniello y Marcelo G. Burello.

William Burroughs / Una advertencia al sabelotodo


Hace algunos años, después de haber dado una clase de creación literaria, mis propias capacidades creativas fueron presa de una decaída de tiempo completo. Sufrí un caso de bloqueo de escritor. Mí asistente, joven e idealista, me reclamaba que yo simplemente me paseaba por el desván sin hacer nada en absoluto -lo cual era cierto. Esto me dio en pensar (como dicen los franceses): ¿Puede enseñarse la creatividad literaria? Y, acaso me castigan las musas por impiedad y una grave indiscreción al revelar los secretos a una audiencia poco receptiva -como si empezaras a arrojar billetes de cien dólares y nadie los quisiera… También descubrí que la imagen de “William Burroughs” en la mente de mis alumnos estaba lejos de los hechos. Los decepcionaba verme vestido de corbata y traje para la clase; en cambio esperaban que apareciera desnudo con un vibrador en arnés, yo supongo. Era en todo aspecto una experiencia desconsoladora.
“Creación literaria”- ¿qué significa eso? Hubiera preferido ponerlos a todos fuera del camino de la escritura. “Mejor sé plomero” -me sentía con ganas de gritarles- “Y ten tu puto refrigerador king-size lleno de salchichas de ciervo, un Akavit helado y agua primaveral importada de Malvern, mira tu televisión a color con interruptor de control remoto acariciando una .30-.30 en tu regazo, esperando la temporada de venados cuando todos los ciudadanos sensibles permanecerán en bodegas rodeados de costales de arena apilados a su alrededor. O se doctor por amor de Dios. Una vez que tengas tu gran momento como el mejor doctor imbécil que se pueda hallar, no tendrás que preocuparte por algo como que no haya otros imbéciles en que operar el siguiente año. Pero el siguiente año tal vez no haya imbéciles que compren mis libros…
Muy bien, quizá dos o tres personas en la clase no se disuadan. El consejo que doy es conseguir un buen abogado y un buen contador si es que alguna vez ganas algo de dinero, y recuerda, no puedes comer fama. Y no puedes escribir a menos que quieras escribir, y no puedes quererlo a menos que estés de ánimo. Digamos que eres un doctor con una clínica agradable. No te sientes tan bien hoy -problemas familiares y otras cosas de las que no puedes escapar, ponles el nombre que sea- sólo te sientes terriblemente jodido, mientras deslizas una tableta de clorofila en tu boca para encubrir tres tragos rápidos (esa perra decrépita lo hubiera divulgado por todo Palm Beach, “Dios mío, estaba ebrio…”). Bueno aún puedes seguir adelante y qué más da, un cuarto de gramo de morfina para cada paciente; no importa lo que tengan, se van a sentir mejor de inmediato y alabarme como el mayor rapaz. Y si Narcóticos reacciona impúdico, sólo les diré “Bueno pues, yo me largo a trabajar en las Islas Bahréin así que tú toma mi puesto y métetelo por el culo.” Lo que quiero decir es que aunque no necesitas estar de ánimo para practicar medicina, todavía puedes hacerlo. Es lo mismo con el derecho, no necesitas estar de ánimo para litigar un caso, todo lo que tienes que hacer es pedir una prórroga y reunir marihuana para fumar en el viñedo de Martha por un mes.
En estas otras profesiones puedes enmascarar el no estar de ánimo, pero la escritura que no tuviste ganas de hacer no vale un carajo. Como profesión tiene muchas ventajas, claro, puedes cabalgar un tiburón blanco hasta las Bahamas, o pasar veinte años ensañando inglés en la escuela Berlitz, escribiendo el Gran Libro que nadie podrá leer. James Joyce escribió algunas de las mejores prosas en la lengua -Los muertos, Dubliners- pero, ¿podría haberse detenido ahí y continuar sus escritos de exquisitas historias acerca de irlandeses católicos e infelices? En ese caso hubiera obtenido el premio nobel. Nadie le dice a un doctor, “Escuche Doc, sus operaciones de culo son lo máximo, hay muchas reinas agradecidas cogiendo de nuevo, pero es hora de que haga algo nuevo. Por supuesto que no necesita hacerlo, es el mismo trasero de siempre. Como si pudiera estandarizar al afeminado Peter-Pan en un producto, y exhibirlo año tras año como la serie de Tarzan; o cual si yo pudiera escribir un Finnegans Wake. Así que hallo esta idea de un ojo privado y las Ciudades de la Noche Roja1. Who knows?
O tomemos por ejemplo el negocio del entretenimiento; hoy puedes ser la cima de los Pops, la rabia de la sociedad habituada a cafés… Como Dwight Fisk, quien hizo esos terribles números de doble sentido en los treintas: “Ese es el hombre que me pellizcó en el Trazo, justo debajo del entresuelo, y no vimos a tu madre por varios días desde eso; así que ya sabes corazoncito, ya sabes de dónde has venido, de un pellizco justo debajo del entresuelo”. –¿quién carajo quiere seguir escuchando ese ruido? Pero no se verá ningún doctor, abogado, ingeniero o arquitecto que haya llegado a ser campeón del mundo en su profesión vendiendo llantas viejas en una esquina. Los físicos nucleares no tienen de que preocuparse, la gente siempre deseará matar a otra gente en escalas masivas. En efecto, tienen su refrigerador lleno de de salchichas y agua primaveral exactamente como el plomero. Nada puede pasarles; regalías, becas, un arcoíris en camino a su tumba y una lápida que brilla en la oscuridad.
Sin embargo, los artistas si poseen, por cierto, un grado de libertad. Un escritor tiene poco poder, pero tiene libertad, al menos en Occidente, ¿no es así Sr. Yevtushenko?2 Piensa en esto cuidadosamente. ¿En realidad quieres ser el portavoz de aquellos consumados en el poder? Entre más poder menos libertad. Un político carece casi por completo de libertad. Me preguntan seguido, “¿Qué haría usted si fuera presidente? “¿Qué haría si fuera el dictador de América?” “¿Qué haría con un billón de dólares?” En las palabras de mi reciente amigo Ahmed Jacoubi, “Esta pregunta no es de opinión personal.” Una pregunta previa es necesaria: ¿Cómo llegó a ser presidente, o dictador, o billonario?” Las respuestas de estas preguntas constituirán las condiciones de tu poder. Pues uno no es mágicamente teletransportado a estas posiciones; uno llega a ellas siguiendo una serie de pasos discretos, cada paso cubierto de condicionantes y premios.
Tomemos un ejemplo microcóscmico: mi humilde ambición de convertirme en Comisionado de Alcantarillas de San Luís y el infantil sueño de lo que haría cuando ocupara este cargo. Un esbozo de estos sueños apareció en un ensayo que escribí para Harper’s replicando a la pregunta, “¿Cuándo quiso dejar de ser el presidente?” Imaginaba una austera prebenda, acuerdos desquiciados respecto al drenaje, mi casa repleta de jovencitos viciosos y lánguidos descritos en la prensa como “no más que lacayos de su majestad: El Sultán de las Alcantarillas”. Suponía, a su vez, que mi posición estaría asegurada por las pestes que sabía del gobernador y que pasaría las tardes en orgías salvajes o sentado fumándome el porro del Sheriff disfrutando del hedor de kilómetros de tuberías rotas alrededor.
Pero, en primer lugar, ¿por qué fui nombrado Comisionado de Alcantarillas? Los deberes son de nómina y no hay requerimientos. No me nombraron por mi conocimiento del drenaje o mi habilidad para hacer el trabajo. Entonces, ¿por qué? Quizás trabajé para el Partido algunos años; es hora de mi retribución. Aún así, debo tener algo a cambio que ofrecer. Podría influir en tantos votos, donde mi retribución permanezca proporcional a mi margen de acción. Tal vez esperan que yo dé el gran golpe para al negocio de las alcantarillas. Si es así debo fijarme por donde camino y en donde pongo mi firma. Quizás esperan una contribución para los fondos de la campaña, la cual yo estoy en posición de conectar, teniendo acceso a personas pudientes. Una cosa es segura –esperan algo a cambio.
Ahora, un trato sobre drenaje barato debajo del agua implica contratistas, auditores, todo un mecanismo de reparaciones, reparadores y encubrimientos, todo lo cual debe pagarse en favores y dinero. Así que mi casa no está llena de lánguidos y viciosos jovencitos –está llena de políticos y especuladores con traseros apretados fumando cigarrillos y bebiendo whisky. ¿Sé pestes sobre el gobernador? Debo tener mucho maldito cuidado de que el no sepa algo sobre . El Comisionado, como la esposa del Cesar, debe estar fuera de sospecha; más precisamente fuera de la sospecha de orgías sexuales o uso de drogas. Hubiera estado loco de verme comprometido con el Sheriff. Seguro, puedo llamarlo para absolver una multa de estacionamiento, pero será mejor que me mantenga alejado de su marihuana confiscada a menos que otros en posiciones más altas estén implicados. Aun si pudiera procurar una policía especial para proteger las alcantarillas de un sabotaje comunista, estos no serían jóvenes guapos. Sería más probable que me quedara atorado con el suegro retardado del Sheriff que no puede hacerla ni de vigilante nocturno, y con dos o tres fiascos arrastrados de la policía y cargos de guardia.
Entonces, si no puedo hacer lo que quiera como Comisionado de Alcantarillas, podría hacer incluso menos como presidente de Estados Unidos. “Yo disolvería el ejército y la naval y dirigiría todo el presupuesto de la Defensa a la instalación de centros de adaptación sexual”, ¿lo haría? ¿Legalizaría la marihuana? ¿Anularía el Acto de Exclusión Oriental? ¿Podría abolir el impuesto sobre la renta de los artistas e impostar toda la carga de los impuestos a los ricos? Así viviría tanto tiempo...
Pienso que Richard Nixon descenderá en la historia como un héroe folclórico, alguien que asestó un golpe vital al enfermo concepto de una imagen presidencial reverenciada y devolvió al pueblo las virtudes americanas de la irreverencia y el escepticismo.



1 Hace referencia a su propia novela: Cities of the Red Night. Como ejemplo de aquello que no puede estandarizarse. (Nota del T.)
2 Yevgueni Yevtushenko fue un poeta nacionalista ruso de la generación de los sesenta. Fue popular por proverbios de su autoría como “un poeta en Rusia es más que un poeta” y otras exaltaciones de la Unión Soviética. Burroughs lo toma como referencia para distinguirlo de los artistas que no se mezclan en el poder político.
Artículo publicado en: William Burroughs. The Adding Machine. Arcade. 1985.
Traducción: Ilya Semo Bechet

14 de julio de 2013