23 de mayo de 2014

Beatriz Preciado / Feminismo amnésico


Como es el caso en casi todas las prácticas de oposición política y de resistencia minoritaria, el feminismo sufre de un desconocimiento crónico de su propia genealogía. Ignora sus lenguajes, olvida sus fuentes, borra sus voces, pierde sus textos y no cuenta con la llave de sus propios archivos. En las Tesis sobre el concepto de historia, Walter Benjamin nos recuerda que la historia está escrita desde el punto de vista de los vencedores. Es por esto que el espíritu del feminismo resulta amnésico. Aquello a lo que Benjamin nos invita es a escribir la historia desde el punto de vista de los vencidos. Es con esta condición, dice, que será posible interrumpir el tiempo de la opresión.
Cada palabra de nuestro lenguaje contiene, como enrollada sobre sí misma, un ovillo de tiempo constituido de operaciones históricas. Mientras que el profeta y el político se esfuerzan en sacralizar las palabras ocultando su historicidad, corresponde a la filosofía y a la poesía la tarea profana de restituir las palabras sacralizadas al uso cotidiano: desatar los nudos de tiempo, arrebatar las palabras a los vencedores para volverlas a colocar sobre la plaza pública, donde podrán ser objeto de una resignificación colectiva.
Es urgente recordar, por ejemplo, frente a la oleada “antigénero”, que las palabras "feminismo”, “homosexualidad”, “transexualidad” o “género” no han sido inventadas por activistas radicales, sino antes bien por el discurso médico de los últimos dos siglos. Ésta es una de las características de los lenguajes que han servido para legitimar las prácticas de dominación somatopolítica en la modernidad: mientras que los lenguajes de la dominación anteriores al siglo XVII trabajaban con un aparato de verificación teológica, los lenguajes modernos de la dominación se han articulado alrededor de un aparato de verificación científico-técnico. Tal es nuestra pesada historia común, y es con ella que nos hará falta volver a dar sentido.
Subamos, por ejemplo, el túnel del tiempo que nos abre la palabra “feminismo”. La noción de feminismo fue inventada en 1871 por el joven médico francés Ferdinand-Valère Fanneau de La Cour en su tesis doctoral “Del feminismo y el infantilismo en los tuberculosos”. Según la hipótesis científica de Ferdinand-Valère Fanneau de La Cour, el “feminismo” era una patología que afectaba a los hombres tuberculosos, produciendo, como un síntoma secundario, una “feminización” del cuerpo masculino. El varón tuberculoso, dice Ferdinand-Valère Fanneau de La Cour, “tiene los cabellos y las cejas finas, las pestañas largas y finas como las de las mujeres; la piel es blanca, fina y flexible, la panícula adiposa subcutánea muy desarrollada, y por consiguiente los contornos fingen una suavidad considerable, al mismo tiempo que las articulaciones y los músculos combinan su acción para proporcionar a los movimientos esta flexibilidad, ese yo-no-sé-qué de ondulante y de gracioso que es lo propio de la gata y de la mujer. Si el sujeto ha alcanzado la edad en que la virilidad determina el incremento de la barba, uno encuentra que esta producción o bien hace completamente falta o bien no existe más que en ciertos lugares, que son ordinariamente el labio superior primero, y después el mentón y la región de las patillas. Y aún más, esos pocos pelos son delgados, tenues y casi siempre alocados. [...] Los órganos genitales son remarcables por su pequeñez.” Feminizado, sin “potencia de generación y facultad de concepción”, el hombre tuberculoso pierde su condición de ciudadano viril y deviene un agente contaminador que debe ser colocado bajo la tutela de la medicina pública.
Un año después de la publicación de la tesis de Ferdinand-Valère Fanneau de La Cour, Alexandre Dumas hijo retoma, en uno de sus panfletos, la noción médica de feminismo para calificar a los hombres solidarios de la causa de las “ciudadanas”, movimiento de mujeres que luchan por el derecho al voto y la igualdad política. Así pues, los primeros feministas han sido hombres: hombres que el discurso médico ha considerado como anormales por haber perdido sus “atributos viriles”; pero también, hombres acusados de feminizarse en razón de su proximidad con el movimiento político de las ciudadanas. Habrá que esperar algunos años para que las sufragistas se reapropien esta denominación patológica y la transformen en un lugar de identificación y de acción política.
Pero ¿dónde están hoy los nuevos feministas? ¿Quiénes son los nuevos tuberculosos y las nuevas sufragistas? Nos hace falta liberar el feminismo de la tiranía de las políticas identitarias y abrirlo a las alianzas con los nuevos sujetos que resisten a la normalización y a la exclusión, a los afeminados de la historia; a los ciudadanos de segunda clase, a los apátridas y a los viajeros ensangrentados de las cercas de púas de Melilla.



“Féminisme amnésique”, publicado en Libération el 9 de mayo de 2014.

17 de mayo de 2014

10 de mayo de 2014

Jonathan Swift / Instrucciones a los sirvientes

   Cuando tu amo o tu señora llamen a un sirviente por su nombre, si ese sirviente no se halla presente, nin­guno de vosotros ha de responder, pues entonces vues­tras cargas no tendrán fin, y los propios amos reconocen que es suficiente con que cada sirviente acuda cuando es llamado. Cuando hayas cometido una falta, muéstrate siem­pre insolente y descarado, y compórtate como si fueras la persona agraviada; eso minará de inmediato la moral de tu amo o señora. Si ves que otro sirviente causa un mal a tu amo, no dejes de ocultarlo, no vaya a ser que te acusen de chivato. No obstante, existe una excepción en el caso de un sirviente favorito, que es merecidamente odiado por toda la Familia, a la que la prudencia obliga, por tanto, a atribuir todas las faltas que pueda al favorito. La cocinera, el mayordomo, el mozo de cuadra, el criado que va al mercado y todos los demás sirvientes que participan en los gastos de la familia deben actuar como si todo el patrimonio de su amo tuviera que dedi­carse al ámbito particular de ese sirviente. Por ejemplo, si la cocinera calcula que el patrimonio de su amo as­ciende a mil libras al año, llega a la razonable conclusión de que con mil libras al año se puede comprar carne su­ficiente y que, por tanto, no tiene por qué ahorrarel ma­yordomo realiza la misma estimación, y también el mozo de cuadra y el cochero, y así lo gastaréis todo mientras honráis a vuestro amo.


Cuando te reprenden delante de otras personas (cosa que, con el debido respeto a nuestros amos y señoras, es una práctica poco cortés), suele suceder que un descono­cido tiene la bondad de decir una palabra en tu descargo; en ese caso, tienes todo el derecho a justificarte. y puedes llegar a la legítima conclusión de que, cuando te reprendan después o en otras ocasiones, pueden equivocarse, opinión que se verá mejor confirmada si presentas el caso a tu ma­nera a los otros sirvientes, que, sin duda, se pronuncia­rán en tu favor. Por tanto, como he dicho antes, cuando te reprendan, quéjate como si hubieras sufrido un agravio.
No es infrecuente que los sirvientes que salen a ha­cer recados pasen fuera un tiempo algo superior de lo que el recado exige, quizá dos, cuatro, seis u ocho horas, o una menudencia semejante, pues no cabe duda de que la tentación era grande, y la carne no siempre puede re­sistir. Cuando vuelves, el amo monta en cólera, la señora riñe, ya continuación vienen el desahucio, los porrazos y el despido. Pero aquí debes contar con una serie de ex­cusas, suficientes para servir en cualquier ocasión: por ejemplo, tu tío ha llegado esa mañana a la ciudad después de recorrer ochenta millas con el propósito de verte, y vuelve a marcharse al alba del día siguiente; otro sir­viente, a quien habías prestado dinero cuando no servía en una casa, iba a huir a Irlanda; te estabas despidiendo de otro compañero, que tomaba el barco para las Barbados; tu padre te había mandado una vaca vieja para que la vendieras, y no pudiste encontrar un mercader hasta las nueve de la noche; te estabas despidiendo de un querido primo al que iban a ahorcar al sábado siguiente; te has torcido un pie al tropezarte con una piedra, y te has visto obligado a quedarte tres horas en una tienda antes de poder dar un paso; te han tirado inmundicias por la ventana de una buhardilla, y te avergonzaba ir a casa antes de lavarte y de que el olor se disipara; te iban a alistar en la Marina, y te han llevado ante un juez de paz, que te ha retenido tres horas antes de examinarte, te has zafado con grandes dificultades; un alguacil, por error, te ha tomado por un deudor y te ha detenido, te ha encerrado toda la tarde en una cárcel para mo­rosos; te habían informado de que tu amo había ido a la taberna, y que le había ocurrido un percance, y tu congoja era tan grande que has buscado a Su Señoría en cien tabernas entre Pall Mall y Temple Bar.


Toma partido por todos los comerciantes, y no por tu amo, y, cuando te manden a comprar algo, no propongas nunca bajar el precio; paga generosamente todo lo que pidan. Esto es fundamentalmente para honrar a tu amo, y quizá para tener algunos chelines en tu bolsillo; Si piensas que tu amo ha pagado demasiado, él puede permitirse la pérdida más que un pobre comerciante.

  Ni se te ocurra mover un dedo para cualquier labor que no sea aquella para la que has sido específicamente contratado. Por ejemplo, si el mozo de cuadra se encuentra borracho o ausente y al mayordomo le ordenan que cierre la puerta del establo, la respuesta es fácil: «Le ruego me excuse, Excelencia, yo no entiendo de caba­llos»; si a una esquina del tapiz le hace falta un clavo para sujetarla, y al lacayo le piden que lo clave, puede decir que él no entiende de esas tareas, pero que Su Excelencia puede llamar al tapicero.

Los amos y las señoras suelen regañar a los sirvien­tes por no cerrar las puertas tras ellos, pero ni los amos ni las señoras tienen en cuenta que esas puertas hay que abrirlas antes de poder cerrarlas, y que abrir y cerrar puertas es doble trabajo; por tanto, lo mejor, lo más corto y lo más fácil es no hacer ni una cosa ni la otra. Pero, si insisten tanto en que cierres la puerta que no puedes olvidarlo con facilidad, da un portazo tan grande al salir que tiemble toda la estancia y que todo vibre en su in­terior, para que tu amo y tu señora adviertan que sigues sus instrucciones.
Si ves que te ganas los favores de tu amo o señora, aprovecha alguna ocasión, de forma muy suave, para de­cir que te marchas; y, cuando te pregunten el motivo, y parezcan reticentes a que los dejes, responde que pre­fieres vivir con ellos antes que con cualquier otro, pero que un pobre sirviente no tiene la culpa si se esfuerza por mejorar, que el servicio no es una herencia, que tu trabajo es cuantioso y tu salario escaso; ante lo cual, si tu amo tiene algo de generosidad, sumará cinco o diez chelines por cada cuarto de libra antes que dejarte marchar. Pero, si no te hacen caso, y no tienes intencio­nes de irte, haz que otro de los sirvientes diga a tu amo que él te ha convencido para que te quedes.

Los buenos bocados que puedas hurtar durante el día, guárdalos para darte un festín con los demás sir­vientes por la noche, e incluye al mayordomo, siempre y cuando te proporcione la bebida. Escribe tu nombre y el de tu amada con el humo de a vela en el techo de la cocina, o en la sala de los sirvientes, para mostrar tus conocimientos.

Si eres un hombre joven y apuesto, cuando le susu­rres a tu señora en la mesa, pásale la nariz por toda la mejilla, o, si tu aliento es bueno, sóplale en toda la cara; sé que esto ha tenido excelentes resultados en algunas familias.

No acudas hasta que te hayan llamado tres o cuatr­o veces, pues sólo los perros acuden al primer silbido; cuando el amo exclame: «¿Quién anda ahí?», nin­gún sirviente está obligado a ir, porque nadie se llama «Quién anda ahí».

Cuando hayas roto todas las vasijas de barro del piso de abajo (cosa que se suele hacer en una semana), la olla de cobre puede cumplir la misma función: en ella se puede hervir la leche, calentar las gachas, servir cerveza floja, o, en caso de necesidad, hacer las veces de orinal. Por tanto, empléalo indistintamente para todos esos usos, pero no lo laves ni lo friegues nunca, no vayas a quitar el estaño.
Aunque los cuchillos están permitidos en la sala de los sirvientes durante las comidas, debes guardarlos, y utilizar sólo los de tu amo.

Debes convertir en una regla invariable que nin­guna silla, taburete o mesa de la sala de los sirvientes o de la cocina tenga más de tres patas, que ha sido la práctica antigua y continua en todas las familias que he conocido, y se afirma que está basada en dos buenas razones: primero, mostrar que los sirvientes se hallan en un perpetuo estado tambaleante; segundo, se con­sideraba un signo de humildad que las sillas y las me­sas de los sirvientes tuvieran como mínimo una pata menos que las de sus amos. Reconozco que existe una excepción a esta regla en lo que respecta al cocinero, a quien, en virtud de una vieja costumbre, se permitía dormir en una butaca después de la cena, pero casi nun­ca las he visto con más de tres patas. Pues bien, los fi­lósofos achacan esta endémica cojera de los sirvientes a dos causas, consideradas como las artífices de las ma­yores revoluciones en estados e imperios: me refiero al amor y a la guerra. Un taburete, una silla o una mesa son las primeras armas cogidas en una algarada o una escaramuza general; y, después de la paz, la sillas, si no son muy sólidas, pueden sufrir en el transcurso de un lance amoroso, pues la cocinera suele estar gorda y pesar mucho, y el mayordomo levemente beodo.

Nunca he soportado ver sirvientas de tan poca ele­gancia que van por la calle con las enaguas prendidas con alfileres. Es una necia excusa aducir que las enaguas se van a ensuciar, cuando cuentan con un remedio tan fácil como bajar tres o cuatro veces unas escaleras limpias después de llegar a casa.

Cuando te paras a charlar con un criado amigo tuyo de la misma calle, deja abierta tu puerta de entrada, para que puedas acceder sin llamar al volver; de lo contrario, tu señora puede saber que has salido, y recibirás una reprimenda.

Os insto de la forma más ferviente a la unanimidad y a la concordia. Pero no me entendáis mal, podéis pelear entre vosotros tanto como gustéis; recordad solamente que os enfrentáis a unos enemigos comunes, que son vuestro amo y señora, y que tenéis una causa común que defender. Haced caso a un experto: quien, por maldad hacia a otro sirviente, va con el cuento a su amo, será destruido por una confederación general en su contra.

El principal lugar de encuentro para todos los sir­vientes, tanto en invierno como en verano, es la cocina; en ella deben consultarse las grandes cuestiones de la familia, ya incumban al establo, a la lechería, a la des­pensa, a la lavandería, a la bodega, al cuarto de los ni­ños, al comedor o al aposento de la señora; en ella, en vuestro elemento, podéis reír y chillar y armar jaleo con toda tranquilidad.

Cuando un sirviente llega a casa ebrio, y no puede acudir a la llamada, debéis decir de consuno a vues­tro amo que estaba muy enfermo y se ha acostado, de­bido a lo cual vuestra señora será tan bondadosa que mandará traer algo que reconforte al pobre hombre o a la pobre doncella.

Cuando tu amo y señora salgan juntos a cenar, o a hacer una visita por la noche, sólo es necesario que quede un sirviente en la casa, a no ser que dispongas de un golfillo callejero para que abra la puerta y se ocupe de los niños, en caso de que los haya. Quién debe quedarse se decidirá echándolo a la paja más corta, y el que se quede en casa puede consolarse con la visita de una enamorada sin peligro de que los sorprendan juntos. Estas oportu­nidades no deben pasarse por alto, pues se presentan en contadas ocasiones, y no existe riesgo cuando sólo hay un sirviente en la casa.

Cuando tu amo o tu señora llegan a casa y requieren a un sirviente que en ese momento se encuentra fuera, debes aducir que acaba de salir en ese preciso instante, respondiendo a la llamada de un primo moribundo.

Si tu amo te llama por tu nombre, y no respondes hasta el cuarto aviso, no debes apresurarte; si te reprende por la demora, puedes decir con todo derecho que no has acudido antes porque no sabías para qué te llamaban.

Tras recibir un rapapolvo por una falta, cuando salgas de la habitación y bajes las escaleras, farfulla en alto para que te oigan; eso les hará creer que eres inocente.

Cuando alguien venga a visitar a tu amo o señora mientras no están en casa, no te molestes en recordar el nombre de la persona, pues no cabe duda de que tie­nes demasiadas cosas de las que acordarte sin contar con ésa. Además, eso es tarea del portero, y culpa de tu amo si no cuenta con uno, y ¿quién se acuerda de los nombres? Seguramente los confundirías, y no sabes leer ni escribir.

En la medida de lo posible, nunca cuentes mentiras a tu amo o señora, a menos que tengas esperanzas de que no las descubran antes de media hora. Cuando despidan a un sirviente, deben contarse todas sus faltas, aunque su amo o señora nunca supieran de su existencia, y todos los destrozos cometidos por otros, atribuidos a él (da ejemplos). Y, cuando pregunten por qué no los pusiste antes al corriente, la respuesta es: «Señor, o señora, de veras tenía miedo de que os enojaseis, y que, además, pensarais que obraba de mala fe». Cuando hay señoritos o señoritas en la casa, suelen suponer un gran impe­dimento a las diversiones de los sirvientes; el único remedio es ganárselos con chucherías, para que no vayan con cuentos a papá y a mamá.

Recomiendo a los sirvientes cuyos amos viven en el campo, y que esperan propinas, que siempre se coloquen estado de revista cuando un desconocido se marche, a que deba pasar forzosamente entre vosotros; y le hará falta más seguridad o menos dinero de lo habitual para que logre escapar y, según cómo se comporte, acordaos de cómo tratarle la próxima vez que vaya. Si te mandan a comprar algo a una tienda con dinero efectivo, y resulta que en ese momento estás en blanco (cosa harto frecuente), escóndete el dinero y apunta los artículos en la cuenta de tu amo. Así se benefician el honor de tu amo y el tuyo, pues él gana crédito gracias a tus recomendaciones. 

     Cuando tu señora te haga subir a su aposento para darte órdenes, no olvides quedarte junto a la puerta, de­jarla abierta, y manosear el pestillo mientras te habla, y no soltar el pomo, por si acaso no recuerdas cerrar la puerta a al marcharte. 
    
    Si quiere el azar que tu amo o tu señora te acusen fal­samente una vez en la vida, eres un sirviente afortunado pues, por cada falta que cometas mientras estés a su lado, sólo tienes que recordarles su falsa acusación y declararte igualmente inocente en el caso presente. Cuando quieras dejar a tu amo, y tu timidez te im­proponérselo por si le ofendes, lo mejor es mos­trarse de pronto grosero y descarado, y no observar tu comportamiento habitual, hasta que estime necesario despedirte; y, cuando te hayas marchado, para vengarte, di a todos tus compañeros que busquen ocupación, que él y tu señora tienen tan mal carácter que nadie debe osar ofrecerles sus servicios.

      Algunas atentas damas que temen coger frío, después de haber observado que las doncellas y los ocupantes del piso de abajo suelen olvidar cerrar la puerta cuando entran o salen del jardín, han mandado colocar una polea y una cuerda, con un gran bloque de plomo en un extremo para que la puerta se cierre sola y sea necesaria una mano fuerte para abrirla, lo que supone una inmensa carga para los sirvientes, cuyas ocupaciones pueden obligarlos a entrar y salir cincuenta veces en una mañana. Pero el ingenio puede lograr muchas cosas, y los sirvientes juiciosos han hallado un remedio eficaz para esa insoportable desgracia, atando la polea de tal modo que el peso del plomo no surte efecto; no obstante, en lo que a mí respecta, prefiero dejar la puerta abierta colocando una piedra pesada en su parte inferior.

       Échale todas las culpas a un perrito faldero, a un gato favorito, a un mono, a una urraca, a un niño, o incluso al último sirviente despedido; en virtud de esta regla te exonerarás, no harás daño a otra persona, y evitarás a tu amo o señora el engorro y la humillación de una reprimenda.

     Existen varias formas de apagar las velas, y debes dominarlas todas: puedes apretar el extremo contra un panel de madera, que apaga de inmediato la mecha; puedes dejarla en el suelo y pisar la mecha con el pie; puedes ponerla boca abajo hasta que la extinga su propio cebo, o meterla así en un hueco del candelabro; puedes darle vueltas violentamente con la mano hasta que se apague; cuando acuestes después de hacer aguas menores, puedes mojar la punta de la vela en el orinal; puedes escupirte el pul­gar y el índice, y apretar la mecha hasta que se apague; la cocinera puede apretar el extremo de la vela en una fuente de comida, o el mozo en un recipiente de avena, o un haz de heno, o un montón de basura; la criada puede apagar su vela apretándola contra un espejo, pues nada limpia tan bien como la mecha de una vela; pero el mejor y más rápido método es apagarla de un soplo, que limpia la vela y la deja bien preparada para ser encendida.

Nada hay más pernicioso en una familia que un soplón, uniros contra él debe constituir vuestra prin­cipal ocupación; sea cual sea la posición que ocupe, no dejéis pasar ninguna oportunidad de estropear lo que está haciendo y de estorbarle en todo. Por ejemplo, si el mayordomo es el soplón, romped sus vasos cuando deje la despensa abierta, o encerrad en ella al gato y al mastín, que harán lo mismo; esconded un tenedor o una cuchara para que nunca los encuentre. Si se trata de la cocinera, en cuanto se dé la vuelta, echad un pu­ñado de hollín o un pellizco de sal en la olla, o ascuas humeantes en la bandeja para recoger la grasa de la car­ne, o restriega el asado por el fondo de la chimenea, u oculta la llave que da vueltas al asador. Si se sospecha de un lacayo, que la cocinera embadurne la espalda de su nueva librea, o, cuando suba con un plato de sopa, que lo siga quedamente con un cucharón lleno, que lo haga gotear hasta el comedor de la planta principal, y que después la criada profiera tal grito que la señora lo oiga. Resulta harto probable que la doncella sea culpa­ble de esta falta, con la esperanza de atraer simpatías. En ese caso, la lavandera debe cerciorarse de rasgar sus vestidos al lavarlos y, al mismo tiempo, de lavarlos sólo a medias; y, cuando la doncella proteste, decid a toda costa que suda tanto y que su cuerpo es tan inmundo que ensucia más un vestido en una hora que la fregona en una semana.


Traducción de Ismael Attrache
Editorial Sexto Piso, 2007