6 de diciembre de 2015

comité invisible / Las tres dimensiones de una potencia



Cuarta parte de «Today Lybia, Tomorrow Wall Street», último capítulo de A nuestros amigos (2014), libro completo disponible en Tiqqunim.

La tradición revolucionaria está afectada por el voluntarismo como si se tratara de una tara que le es congénita. Vivir tendido hacia el mañana, marchar hacia la victoria, es una de las raras maneras de soportar un presente del que no es posible ocultarse su horror. El cinismo es la otra opción, la peor, la más banal. Una fuerza revolucionaria de este tiempo velará más bien por el incremento paciente de su potencia. Habiendo sido reprimida esta cuestión durante mucho tiempo bajo el obsoleto tema de la toma del poder, nos descubrimos relativamente desprovistos siempre que tratamos de abordarla. Nunca faltan los burócratas para saber exactamente lo que esperan hacer con la potencia de nuestros movimientos, es decir, cómo cuentan con convertirlos en un medio, un medio para su fin. Pero de la potencia en cuanto tal, no acostumbramos preocuparnos. Sentimos vagamente que existe, percibimos sus fluctuaciones, pero la tratamos con la misma desenvoltura que reservamos a todo lo que atañe a lo “existencial”. Un cierto analfabetismo en la materia no es ajeno a la mala textura de los medios radicales: cada pequeña empresa grupuscular crece neciamente, comprometida como está en una patética lucha por minúsculas partes del mercado político, de la cual saldrá fortalecida por haber debilitado a sus rivales, calumniándolos. Es un error: se gana en potencia combatiendo a un enemigo, no rebajándolo. El propio antropófago vale más que todo esto: si se come a su enemigo es porque lo estima bastante como para querer nutrirse con su fuerza.
Sin la capacidad de consultar la tradición revolucionaria acerca de este punto, podemos remitirnos a la mitología comparada. Sabemos que Dumézil llegó, en su estudió de las mitologías indoeuropeas, a su famosa tripartición: “Más allá de los sacerdotes, los guerreros y los productores, se articulan las ‘funciones’ jerarquizadas de soberanía mágica y jurídica, de fuerza psíquica y principalmente guerrera, de abundancia tranquila y fecunda.” Dejemos de lado la jerarquía entre las “funciones” y hablemos más bien de dimensiones. Nosotros diremos así lo siguiente: toda potencia cuenta con tres dimensiones, el espíritu, la fuerza y la riqueza. La condición de su crecimiento radica en mantener juntas a las tres. En cuanto potencia histórica, un movimiento revolucionario es el despliegue de una expresión espiritual —ya sea que tome una forma teórica, literaria, artística o metafísica—, de una capacidad guerrera —ya sea que esté orientada hacia el ataque o la autodefensa— y de una abundancia de medios materiales y de lugares. Estas tres dimensiones se han compuesto de manera diversa en el tiempo y en el espacio, dando nacimiento a formas, a sueños, a fuerzas, a historias siempre singulares. Pero cada vez que una de esas dimensiones ha perdido contacto con las otras para autonomizarse de ellas, el movimiento ha degenerado. Ha degenerado en vanguardia armada, en secta de teóricos o en empresa alternativa. Las Brigadas Rojas, los situacionistas y los clubes nocturnos —perdón, los “centros sociales”— de los Desobedientes como fórmulas tipo del fracaso en materia de revolución. Velar por el propio incremento de potencia exige a cualquier fuerza revolucionaria el progreso simultáneo en cada uno de estos planos. Permanecer acorazado en el plano ofensivo es al final carecer de ideas sagaces y volver insípida la abundancia de medios. Dejar de moverse teóricamente es la garantía de verse desprevenidamente tomado por los movimientos del capital y perder la capacidad de pensar la vida en nuestros espacios. Renunciar a construir mundos con nuestras manos es condenarse a una existencia de espectro.
“¿Qué es la felicidad? El sentimiento de que la potencia crece — de que un obstáculo está a punto de ser superado”, escribía un amigo.
Devenir revolucionario es asignarse una felicidad difícil, pero inmediata.

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