27 de diciembre de 2015

Mehdi Belhaj Kacem / El ser = acontecimiento de Deleuze



Tomar en serio la reivindicación —¡predicado “femenino” si los hay!— de un ser-bruja de la filosofía arrojada por Deleuze es algo más que necesario. Jamás consigo leer a este filósofo, tan enorme como Kant, Hegel, Nietzsche, Husserl o Heidegger, de otra manera que con la imagen de un hada Carabosse con los ojos enrojecidos, constantemente agitada con una risa diabólica de timbre agrio, atareada revolviendo hasta que hierva la mezcla lúgubre de su caldero trípode, sin concederse ninguna pausa más que para manipular frascos inquietantes y ungüentos repugnantes. La inmanencia, nos dice en el fondo y a pesar de todo Deleuze, es buagg. Y en el fondo, el ultraplatonismo de Badiou no dice otra cosa, incluso si lo hace con la prudente mediación de Lacan, quien es nada menos que su Sócrates:

Ya hemos visto cómo a propósito del Fedón, Lacan insinuaba que en él Platón embaucaba a sus discípulos acerca del tema hueco de la participación. Existe un texto aún más singular donde Lacan declara que toda la construcción política de La República, que es, dice, una especie de criadero de caballos bien llevado, Platón también sólo nos la expone con el sentimiento de su horror absoluto. Esa ciudad perfecta sólo sería ironía vertida sobre aquello que Platón abomina, con una abominación evidente, y que es, dice Lacan, la de todos.

Es por esto que Deleuze y Badiou se amaron tanto, incluso en el odio. Por definición. El número de cosas de Badiou que provienen de Deleuze es sin duda mucho más considerable de lo que ordinariamente se evalúa. Para ambos, inmanencia = náusea, lo cual nos remite a Sartre (de quien será necesario que dedique un día algunas palabras). El pequeñísimo paso kacemiano, minúsculo, pero que en el fondo armoniza con los dos (¡los tres!), es: ese asco “ontológico” es, pura y simplemente, antropológico. Esto es, de la noción de acontecimiento que yo trazo, lo que difiere de los dos, a quienes debo tanto (¿a los tres?).
El acontecimiento deleuziano es pura y simplemente la “transgresión” del principio de no-contradicción. He puesto la palabra entre comillas, porque intentaré indicarles en estas páginas por qué a Deleuze no le gusta el concepto de transgresión, así como Eva misma no piensa en el Mal puesto que no prestó ningún juramento a Papá. Ésta es la cuestión, de igual modo, que yo planteo a Meillassoux: decir que “el Caos es el único en-sí” equivale a decir, de igual modo, que lo ente contradictorio es el único en-sí. Y tal vez sea por esto, por esta concesión implícita a Deleuze, que lo implícito se literaliza explícitamente, como una forclusión que vuelve a aparecer, en el título que Meillassoux se propone dar a su opus magnum: “La inexistencia divina: ensayo sobre el Dios virtual”. Forclusión, pues aquí Meillassoux quedaría dividido entre aquello que es el “nervio” de su hallazgo metafísico, la inexistencia absoluta de un ente contradictorio, y la afirmación de un en-sí caótico de las cosas, que es de igual modo un “Dios virtual”. Pues Deleuze, por su parte, estaba absolutamente convencido de que el Caos era el único en-sí de las cosas, y lo virtual el nombre de Dios. Meillassoux tendrá que elegir aquí; de lo contrario, como lo dice Badiou de Deleuze, “su idea del acontecimiento habría tenido que convencer a Deleuze de seguir hasta el final a Spinoza […] y de llamar ‘Dios’ al Acontecimiento único en el que se difractan todos los devenires”.
Es sobre esta convicción que la astucia metafísica de Deleuze se despliega. Digo bien convicción: Deleuze está absolutamente persuadido de que el ser en-sí, lo virtual puro, es lo ente absolutamente contradictorio. Juzguemos nosotros mismos.
El acontecimiento es el nombre deleuziano del ser, en lo que se refiere a que es “puro devenir”...

26 de diciembre de 2015

23 de diciembre de 2015

8 de diciembre de 2015

6 de diciembre de 2015

comité invisible / Las tres dimensiones de una potencia



Cuarta parte de «Today Lybia, Tomorrow Wall Street», último capítulo de A nuestros amigos (2014), libro completo disponible en Tiqqunim.

La tradición revolucionaria está afectada por el voluntarismo como si se tratara de una tara que le es congénita. Vivir tendido hacia el mañana, marchar hacia la victoria, es una de las raras maneras de soportar un presente del que no es posible ocultarse su horror. El cinismo es la otra opción, la peor, la más banal. Una fuerza revolucionaria de este tiempo velará más bien por el incremento paciente de su potencia. Habiendo sido reprimida esta cuestión durante mucho tiempo bajo el obsoleto tema de la toma del poder, nos descubrimos relativamente desprovistos siempre que tratamos de abordarla. Nunca faltan los burócratas para saber exactamente lo que esperan hacer con la potencia de nuestros movimientos, es decir, cómo cuentan con convertirlos en un medio, un medio para su fin. Pero de la potencia en cuanto tal, no acostumbramos preocuparnos. Sentimos vagamente que existe, percibimos sus fluctuaciones, pero la tratamos con la misma desenvoltura que reservamos a todo lo que atañe a lo “existencial”. Un cierto analfabetismo en la materia no es ajeno a la mala textura de los medios radicales: cada pequeña empresa grupuscular crece neciamente, comprometida como está en una patética lucha por minúsculas partes del mercado político, de la cual saldrá fortalecida por haber debilitado a sus rivales, calumniándolos. Es un error: se gana en potencia combatiendo a un enemigo, no rebajándolo. El propio antropófago vale más que todo esto: si se come a su enemigo es porque lo estima bastante como para querer nutrirse con su fuerza.
Sin la capacidad de consultar la tradición revolucionaria acerca de este punto, podemos remitirnos a la mitología comparada. Sabemos que Dumézil llegó, en su estudió de las mitologías indoeuropeas, a su famosa tripartición: “Más allá de los sacerdotes, los guerreros y los productores, se articulan las ‘funciones’ jerarquizadas de soberanía mágica y jurídica, de fuerza psíquica y principalmente guerrera, de abundancia tranquila y fecunda.” Dejemos de lado la jerarquía entre las “funciones” y hablemos más bien de dimensiones. Nosotros diremos así lo siguiente: toda potencia cuenta con tres dimensiones, el espíritu, la fuerza y la riqueza. La condición de su crecimiento radica en mantener juntas a las tres. En cuanto potencia histórica, un movimiento revolucionario es el despliegue de una expresión espiritual —ya sea que tome una forma teórica, literaria, artística o metafísica—, de una capacidad guerrera —ya sea que esté orientada hacia el ataque o la autodefensa— y de una abundancia de medios materiales y de lugares. Estas tres dimensiones se han compuesto de manera diversa en el tiempo y en el espacio, dando nacimiento a formas, a sueños, a fuerzas, a historias siempre singulares. Pero cada vez que una de esas dimensiones ha perdido contacto con las otras para autonomizarse de ellas, el movimiento ha degenerado. Ha degenerado en vanguardia armada, en secta de teóricos o en empresa alternativa. Las Brigadas Rojas, los situacionistas y los clubes nocturnos —perdón, los “centros sociales”— de los Desobedientes como fórmulas tipo del fracaso en materia de revolución. Velar por el propio incremento de potencia exige a cualquier fuerza revolucionaria el progreso simultáneo en cada uno de estos planos. Permanecer acorazado en el plano ofensivo es al final carecer de ideas sagaces y volver insípida la abundancia de medios. Dejar de moverse teóricamente es la garantía de verse desprevenidamente tomado por los movimientos del capital y perder la capacidad de pensar la vida en nuestros espacios. Renunciar a construir mundos con nuestras manos es condenarse a una existencia de espectro.
“¿Qué es la felicidad? El sentimiento de que la potencia crece — de que un obstáculo está a punto de ser superado”, escribía un amigo.
Devenir revolucionario es asignarse una felicidad difícil, pero inmediata.

3 de diciembre de 2015